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martes, 5 de noviembre de 2013

La pieza del mes. Noviembre de 2013


 
 
Retrato de una familia chinata
Fotografía
Manuel y José Díez, Plasencia (ca. 1906-1911)

Entre los numerosos objetos recopilados por D. Pedro Pérez Enciso que forman parte de la colección del Museo de Cáceres, se encuentra esta fotografía en la que sabemos que está retratada la familia Morán, de Malpartida de Plasencia. El grupo que aparece, ataviado con los trajes típicos de chinatos, está compuesto por el matrimonio formado por Ciriaco Morán Suárez (1845-1917) y Macaria Manzano González (1864-1919), y sus hijas Juliana Morán Manza-no (1896-1975) a la izquier-da y Ángela Morán Manza-no (1888-1911) a la dere-cha. Falta el más pequeño de los hijos, Daniel, que falleció en 1901 a los diecinueve meses de edad.
 
De las dos hijas, Ángela falleció soltera, y Juliana casó en enero de 1917 con Felipe Tomé Fernández (1882-1953), pero no tuvieron descendencia. El Museo de Cáceres posee un buen número de piezas que proceden de Malpartida de Plasencia, especialmente prendas de vestir y textiles, y de ellas, varias pertenecieron a esta familia. Identificados con el nombre completo o con las iniciales, encontramos sábanas, alforjas, diversas prendas de vestir interiores y exteriores y hasta un sello de pan que pertenecieron tanto a Ángela como a Juliana Morán y a su marido Felipe Tomé. Sabemos, además, que Juliana Morán, vendió por 80 pesetas varias de las prendas del traje de Malpartida de Plasencia que el Comité cacereño de la Exposición Iberoamericana de Sevilla adquirió en enero de 1929 para figurar en el Pabellón de Extremadura, prendas que después de la muestra pasaron a formar parte de la colección del Museo de Cáceres.
 
El padre, Ramón Ciriaco Morán Suárez, era un pequeño labrador que casó en primeras nupcias con María García (1867) y tras el fallecimiento de ésta contrajo nuevo matrimonio en 1886 con Macaria Manzano. Gracias al primer matrimonio pasó de empleado a propietario y alcanzó cierta prosperidad; así, su hija Juliana también fue a casar con uno de los propietarios más prósperos de Malpartida de Plasencia; Felipe Tomé llegó a ser alcalde de la localidad y adquirió una fábrica de harinas que funcionó durante muchos años y fue conocida como “molino del tío Felipe Tomé” o “de la tía Juliana”. Hoy día, el pueblo le ha dedicado a Felipe Tomé una de sus calles.
 
La fotografía fue tomada sin duda en Plasencia en la segunda mitad del primer decenio del siglo XX. Los hermanos Manuel y José Díez instalaron su estudio fotográfico hacia 1893 en el número 14 de la Calle Santa Ana, separándose posteriormente y trabajando cada uno por su cuenta, Manuel en la Calle Carmelitas y José en la Plaza Mayor. Las hijas de Manuel, María del Carmen y María Eugenia, también llevaron el negocio de su padre, que alternaba la fotografía con la pintura religiosa, y finalmente el oficio fue heredado por Manuel, el hijo más pequeño, que tuvo estudio en la Plaza Mayor hasta su jubilación en 1990.
 
Agradecimientos:
D. Dionisio Clemente Fernández, investigador
D. Santos Paradés Muñoz, Párroco de Malpartida de Plasencia

martes, 7 de junio de 2011

La Pieza del mes. Junio de 2011

Paño velatorio de boda

Lino. Principios del siglo XX

Malpartida de Plasencia

La velación era una ceremonia litúrgica católica que en origen se celebraba en algún momento después de la misa nupcial, para propiciar que los hijos de la pareja casada fueran cristianamente educados y pudiesen ser sacerdotes. Más recientemente, las bodas pasaron a tener un ceremonial doble que consistía en el desposorio tradicional seguido de la velación, en la que se recibían las bendiciones nupciales.

El ritual exigía que después de la lectura del Evangelio, se cubriese a los novios con el velo, de manera que quedara totalmente cubierta la cabeza de la novia y solamente los hombros y espalda del novio, lo que simbolizaba su libertad, mientras novios y padrinos sostenían velas en las manos, además solía extenderse un cordón sobre los contrayentes que representaba el yugo por el que quedaban uncidos para siempre; así debían permanecer, arrodillados, hasta el final de la Misa. Dado que la velación no podía celebrarse durante la Cuaresma, solía decirse que los novios sólo estaban medio casados si contraían matrimonio en esa época, debiendo velarse en cuanto fuera posible en otra ceremonia distinta. De hecho, la Iglesia consideraba la velación como el rito que culmina la recepción del sacramento y faculta para la cohabitación de los esposos.

Al final de la ceremonia el sacerdote daba por casados y velados a los novios con esta oración: "Ya que habéis cumplido las velaciones según la costumbre de la Iglesia, os amonesto a que guardéis lealtad de uno a otro y que en tiempo de ayuno tengáis castidad. Que el marido ame a la mujer y la mujer al marido y que permanezcáis en el santo temor a Dios. Esposa te doy no sierva, ámala como Cristo amó a su iglesia, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo“.

Según la creencia popular, si el velo o paño se le caía a la novia durante la ceremonia, se presagiaba un desgraciado matrimonio para la pareja; por ello la novia permanecía inmóvil y la madrina estaba pendiente de que la pieza estuviese siempre bien colocada. Para evitarlo, en bastantes lugares de Castilla y en la provincia de Cáceres, la novia llevaba un paño fino y flexible confeccionado por ella misma para cumplir el rito.

El paño velatorio, también llamado velo de boda, suele ser de forma rectangular y decorado en los cuatro lados, pero sobre todo en los extremos, a base de encajes, deshilados y bordados. En este caso, el paño se adorna con estrellas de ocho puntas bordadas, en los extremos del paño lleva anchas franjas de deshilado con pajaritas y ciervos, y todo alrededor una banda de encaje de bolillos rematado en conchas; procede de Malpartida de Plasencia e ingresó en el Museo como parte de la colección de D. Pedro Pérez Enciso.