El Castillo y el Convento franciscano de Belvís de Monroy o el conventual de San Benito de Alcántara son otros de los lugares en que los azulejos ahora expuestos podían verse desde el siglo XVI. No faltan tampoco piezas hisóricas de lugares tan alejados como la fortaleza de la Rocha Blanca, en La Coruña, o las ciudades de Córdoba, Salamanca o Toledo. La muestra se completa con azulejos procedentes de Hinojal o de la propia ciudad de Cáceres.
miércoles, 21 de mayo de 2014
De barro y esmalte. La colección de azulejos del Museo de Cáceres
El Castillo y el Convento franciscano de Belvís de Monroy o el conventual de San Benito de Alcántara son otros de los lugares en que los azulejos ahora expuestos podían verse desde el siglo XVI. No faltan tampoco piezas hisóricas de lugares tan alejados como la fortaleza de la Rocha Blanca, en La Coruña, o las ciudades de Córdoba, Salamanca o Toledo. La muestra se completa con azulejos procedentes de Hinojal o de la propia ciudad de Cáceres.
martes, 5 de noviembre de 2013
La pieza del mes. Noviembre de 2013
lunes, 3 de junio de 2013
La pieza del mes. Junio de 2013
lunes, 19 de noviembre de 2012
Conferencia. El retablo en la Diócesis de Plasencia, siglos XVI-XVIII
jueves, 31 de mayo de 2012
La pieza del mes. Junio de 2012
lunes, 28 de febrero de 2011
La Pieza del mes. Marzo de 2011
Sombrero «chambergo»
Fieltro. Primer tercio del siglo XX
Plasencia
En la indumentaria tradicional masculina, el sombrero ha sido pieza esencial hasta la desaparición de su uso con los cambios sociales de la posguerra a mediados del siglo XX. En Extremadura, los tipos más usuales son los de paja, utilizados sobre todo para el trabajo, aunque también para el uso diario en verano y fiestas campestres, y los de fieltro de color negro, considerados de mayor elegancia aunque usados con carácter bastante general.
En la provincia de Cáceres el sombrero de fieltro adquirió en el siglo XIX una cierta variedad de formas, sobre todo a partir del declive del popular sombrero calañés de ala ancha. Entre estas formas terminó predominando el llamado de queso, así llamado por su revestimiento de terciopelo en forma de cincho quesero, pero encontramos otros tipos también bastante utilizados, como el llamado chambergo, con copa blanda en forma de cono romo y redondeado.
Este sombrero debe su nombre al Duque de Schomberg (1615-1690), mariscal al servicio de Francia que invadió Cataluña en 1675. Entonces, los soldados españoles quedaron impresionados por el llamativo uniforme de los franceses, con enormes sombreros emplumados y casacas de amplísimas mangas que crearon moda en nuestro país, españolizando el nombre del duque y designando a las casacas chambergas y a los sombreros chambergos. El sombrero chambergo era, pues, de ala ancha que se doblaba y sujetaba en un lateral de la copa, la cual se adornaba con una vistosa pluma.
Con el tiempo, el sombrero fue cambiando hasta permanecer el calificativo chambergo para designar cualquier sombrero de ala y copa blandas; entre 1716 y 1765 hubo varias órdenes y bandos prohibiendo su uso como complemento de la capa larga para evitar el embozado y ocultación del rostro, lo que derivó en el famoso Motín de Esquilache. Hoy día, todavía existe un tipo de gorro militar llamado chambergo.
El sombrero que se expone es de fieltro negro y tiene una copa ligeramente alta y blanda, a la que se puede dar forma con el canto de la mano, rodeada por un cintillo de percal negro cogido con tres botones de pasta negra y acompañado por un cordoncillo trenzado también de color negro. El ala es de mediana anchura y también blanda, ribeteada con una cinta de percal negro en el reborde. Al interior, tiene una cinta también de percal negro para sujetar el sombrero al cuello, y en la base de la copa una fajilla de cuero para darle forma, el forro es de tejido de raso verde donde figura una leyenda de la casa que lo vendía: «Crescencio Cantalapiedra. Plasencia», y la categoría «Extra fino». Se trata de un sombrero probablemente fechado en el primer tercio del siglo XX, semejante al que puede verse en varias fotografías de esa época o al que llevaban los campesinos de Montehermoso representados en una conocida pintura de Juan Caldera fechada en 1926.
martes, 1 de febrero de 2011
La Pieza del mes. Febrero de 2011
Hanukiyá
Siglos XIII-XV
Convento de San Vicente Ferrer. Plasencia
El uso de la luz en esta festividad proviene de que la tradición cuenta que para purificar el templo, que los griegos habían convertido al culto a Zeus intentando así que los judíos asimilasen las costumbres griegas, había que encender el candelabro de templo, la menorah, pero apenas había aceite suficiente para encenderlo un solo día, a pesar de ello el aceite milagrosamente fue suficiente y la luz permaneció encendida durante los ocho días que duró la rebelión, y hasta que finalmente ésta triunfó. La hanukiyá es el elemento principal que se utiliza durante la celebración de hanuká.
Es un candelabro realizado en barro cocido vidriado, de base rectangular plana a la que se unían nueve candiles con pie y cazoleta, uno de estos candiles era el de mayor tamaño, denominado samás y es el que servía para encender el resto de los candiles durante los ocho días que duraba la celebración.
La hanukiyá que aquí presentamos fue encontrada durante las excavaciones arqueológicas realizadas en el Parador de Turismo de Plasencia, en el Convento dedicado al fraile dominico San Vicente Ferrer conocido por sus sermones antijudíos, construido sobre los terrenos que ocupaba la antigua judería y sinagoga placentina.
La reconquista de la ciudad en 1186 por Alfonso VIII será el punto de partida de la llegada de los judíos a la ciudad y su posterior expansión por la diócesis. Su total integración en las comunidades que los acogían, así sus casas, o ajuares domésticos eran los mismos que sus vecinos cristianos, hacen difícil rastrear su pasado más allá de los archivos o la tradición popular. Es en el mundo litúrgico, en los edificios religiosos o en los cementerios donde se encuentran los restos arqueológicos que diferencian a esta comunidad.
martes, 28 de septiembre de 2010
La Pieza del mes. Octubre de 2010
Cruz de altar
Finales del siglo XVI-principios del XVII
Madera, nácar y tinta negra.
44,4 x 18,8 x 9,2 cm.
La cruz del Museo de Cáceres, ingresada en 1919 como parte del legado testamentario de D. Vicente Paredes Guillén, presenta un basamento en forma de tronco de pirámide asentado en tres pequeños cilindros, y otros tres en cada uno de los lados del basamento. En la parte superior descansa la cruz propiamente dicha. Su brazo vertical presenta dos cilindros en la parte inferior, dos en la parte media y tres en la superior, al igual que los extremos de los brazos horizontales, formando así cinco cruces, dando lugar a la denominada Cruz de Jerusalén. Estos cilindros están decorados con bases geométricas de nácar cuya decoración consiste en rombos con dos tipos de incisiones, resultando una figura similar a un copo de nieve. Todos los cilindros producen la sensación de adornos circulares o volutas.
La decoración de la cruz se basa en la técnica de la taracea con nácar. En el basamento, dentro de un óvalo, aparece la figura de San Buenaventura portando un árbol en la mano derecha y sosteniendo lo que podría ser un rosario en la izquierda, rodeado de flores y los motivos geométricos de los cilindros, y todo enmarcado por una cenefa de motivos geométricos.
En el centro de la cruz aparece Cristo Crucificado, de tres clavos y cubierto con paño de pureza anudado a la cadera cayendo por el lado izquierdo. Enmarcado por una cenefa de motivos geométricos, sobre él, en una pequeña madera incrustada, vemos la inscripción INRI y, encima, la representación circular del emblema franciscano, los brazos cruzados de Cristo y San Francisco (con el hábito) y la cruz entre los dos brazos en la parte superior de estos. Significa la conformidad de San Francisco con Cristo: el crucificado del Alverna y el crucificado del Gólgota.
Debajo de Cristo aparece la Virgen con una sola espada que le atraviesa el pecho, haciendo alusión a la profecía de Simeón que el día de la Presentación de Jesús en el Templo, le anuncia a la Virgen que una espada de dolor le atravesará el alma. En el siglo XV se pasa de una espada a siete, correspondiendo con los siete dolores que la Virgen sufre por su hijo.
Entre ambas figuras se muestra un círculo con la Cruz de Jerusalén. Surgió como escudo de armas del reino de Jerusalén (1098) cuando la Primera Cruzada capturó la ciudad santa y eligió a Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, como rey de Jerusalén. Es una cruz grande central con cuatro cruces griegas, una entre cada brazo de la mayor. Un total de cinco cruces representa las cinco llagas de Jesucristo al ser crucificado: dos en las manos, dos en los pies y una en el costado. También se considera que la Cruz grande simboliza a Jesucristo y las cuatro pequeñas a los cuatro evangelios proclamados en las cuatro esquinas de la tierra, comenzando en Jerusalén.
viernes, 30 de abril de 2010
La Pieza del mes. Mayo de 2010
Abrojo
Bronce
Plasencia
Siglos XIV-XV
El abrojo es un tipo de arma pasiva muy simple, fácil de construir y transportar, que no precisa de mantenimiento, reparaciones o conocimientos para su uso, y tremendamente efectivo. Su tamaño y facilidad de dispersión lo convertía en un arma terrible para los soldados de a pie, caballos, camellos, elefantes y todo tipo de vehículos.
El abrojo o tríbulo, del latín tribulus, en origen era una estrella de hierro, formada por una bola de madera de la que salían cuatro puntas dispuestas simétricamente, de tal forma que al ser lanzado mediante hondas y caer sobre el campo de batalla, tres de sus pinchos siempre apoyaban en el suelo, así el cuarto apuntaba hacia arriba, clavándose en los pies de los soldados, patas de animales y cuadrigas, lo que dificultaba el avance de las tropas enemigas. El daño que causaba no era inmediatamente mortal, sino que originaba dolorosas heridas difíciles de cicatrizar, que en el campo de batalla fácilmente se infectaban.
Su origen se remonta a las batallas de Alejandro Magno en Persia. Los griegos lo denominaban tribolos o tetrahedron, ya que su forma es la de un tetraedro. Los romanos lo adoptaron junto con otras armas de los griegos y se referían a él como tribulus, el mismo nombre de un caracol marino, tribulus murex, de cuya concha llena de pinchos se obtenía la púrpura.
Usado profusamente en
Hacia el siglo XV su uso en Europa va en decadencia, posiblemente debido al avance de las armas de fuego, lo que obligó a modificar las fortalezas y el cambio en las tácticas militares; no obstante siguió usándose en la defensa de brechas de las murallas y fortificaciones para impedir ataques sorpresa, ya que era una garantía contra las incursiones nocturnas.
En el siglo XVIII los británicos los utilizarán en la conquista del Nuevo Mundo contra los indios. Su uso revivió brevemente en
viernes, 27 de noviembre de 2009
La Pieza del mes. Diciembre de 2009
Cartilla del método “Rayas”
Editorial Sánchez Rodrigo. Plasencia, 1964
Papel impreso
El método Rayas de lectura y escritura supuso una auténtica revolución pedagógica al abordar de forma simultánea ambos aprendizajes, algo que nunca antes había sido ensayado.
Los métodos de enseñanza de los siglos XVIII y XIX establecían primeramente el aprendizaje de la lectura, mediante el Catón, para pasar posteriormente a la escritura sólo cuando los escolares ya sabían leer, basándose ésta en el uso de los conocidos palotes. Se aconsejaba incluso que hubiera dos aulas separadas para cada grupo de alumnos con actividades bien diferenciadas.
El creador del nuevo método fue el maestro natural de Serradilla (Cáceres) Ángel Rodríguez Álvarez, (1877-1962), cuyo hermano Raimundo era también maestro de escuela y además le costeó los estudios. Ángel Rodríguez estudió en
El nombre del método vino de la consideración de las rayas trazadas sobre el papel como el elemento primario con que se forman las letras, con éstas se hacen las palabras, y las palabras escritas representan las habladas, los pensamientos; por consiguiente, en palabras del creador, “los pensamientos pueden representarse por medio de rayas”.
Para Ángel Rodríguez, el aprendizaje debía ser para el niño como un juego, fomentando su curiosidad y huyendo del memorismo; de este modo el maestro se convertía en encauzador de esas inquietudes infantiles. Con estas pautas, creó el método entre 1904 y 1905, haciéndose cargo de la publicación su paisano Agustín Sánchez Rodrigo, quien tras las dos primeras ediciones encargadas a otros impresores, montó en Serradilla una imprenta para realizar las sucesivas tiradas del método. Tras unos inicios difíciles, marcados por la necesidad de dar a conocer la novedad, fueron llegando los reconocimientos oficiales y profesionales tanto de España como de los países hispanoamericanos, siendo aprobado como libro de texto oficial en 1934.
Tras la guerra civil, la imprenta fue trasladada a Plasencia, para dar un mejor servicio a los abundantes pedidos, pasando progresivamente de los 470.000 ejemplares distribuidos en
El método estaba formado por tres cartillas de lectoescritura y tres libritos de enseñanza básica. En esta ocasión, se expone un ejemplar de





