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martes, 11 de marzo de 2014

La pieza del mes. Marzo de 2014


Fusayolas
Cerámica. Villasviejas del Tamuja (Botija)
Siglos IV-II a.C.
 
 
 
La elaboración de tejidos fue desde la Antigüedad una actividad fundamental en la vida cotidiana de las mujeres. Las telas tuvieron un gran valor ya que representaban el estatus y el poder de quienes las vestían, pero poco sabemos sobre el origen del hilado. Los griegos atribuyeron su invención a la diosa Atenea, protectora de las hilanderas, los egipcios atribuían tal hallazgo a la diosa Isis.  El inicio de esta técnica debió tener lugar en distintos puntos del planeta.
 
El primer paso era la obtención de la materia prima, las fibras naturales, bien de origen animal como la lana  y la seda, o bien de origen vegetal como el lino y el esparto. Las fibras en su estado natural son cortas y carecen de elasticidad, lo que impide su tejido; es necesario prepararlas y unir varias de ellas en un proceso continuado de torsión para lograr las cualidades precisas del hilo: longitud, resistencia y elasticidad.
 
La obtención de la lana se realizaba mediante el esquileo; para evitar que se dañara la piel, se inmovilizaba al animal atando sus patas, y con una de las manos se esquilaba con unas tijeras metálicas. Al pastar en libertad, la lana de los rebaños contenía impurezas como tierra, ramas, excrementos y grasas naturales de la piel del animal, lo que hacía que toda  la lana saliera junta de una sola pieza, el vellón. Era necesario lavarlo, enjuagarlo, secarlo y cardarlo. La lana se colocaba sobre la rueca, una vara con dos o tres pinchos, de la cual se iban estirando ligeramente las fibras con los dedos, se humedecían en la boca, se alisaban con los dientes y ese hilo se enrollaba en el huso; éste se componía de un vástago de madera o hueso de unos 20 a 30 centímetros de longitud y un contrapeso en uno de los extremos, la fusayola. Éstas estaban elaboradas en barro cocido y tenían diversas formas, generalmente troncocónicas o bitroncocónicas, con una perforación central  y a menudo decoradas con líneas o puntos; el peso y la forma de la fusayola proporcionaba inercia al huso, aumentando y prolongando el movimiento de rotación, manteniendo la varilla en vertical como si fuera una peonza o trompo. La dificultad residía en realizar un hilo de un grosor uniforme y continuado para evitar la rotura y facilitar el trabajo en los telares, la fusayola hacía a la vez de tope para que el hilo no se deshiciera.
 
El trabajo de hilado era realizado generalmente por mujeres dentro del interior de las viviendas. Las fusayolas aparecen en abundancia en las viviendas de los castros de la Segunda Edad del Hierro, así como en los enterramientos femeninos formado parte de los ajuares.

viernes, 29 de octubre de 2010

La Pieza del mes. Noviembre de 2010


Frontalera de caballo

Siglos IV-II a.C.

El Romazal I (Plasenzuela)


La frontalera o testera es un elemento de adorno que se colocaba en la cabeza del caballo. Es una pieza excepcional, ya que solo se han encontrado cuatro en la Península Ibérica y ésta es la única aparecida en un contexto arqueológico. Su origen es grecorromano y es un reflejo de la importancia social y militar del caballo en la Antigüedad.


Está realizada en bronce, formada por una pieza curva con perforaciones en forma de media luna que se colocaba sobre el hocico, de esta pieza parte un vástago que se divide en dos y rodeaba los ojos del animal. A ambos lados el bronce remata en dos cabezas de ánades donde se sujetaba el bocado que mordía el caballo y a su vez sujetaba las riendas, de este modo el jinete controlaba los movimientos y dominaba el caballo.


En el enterramiento junto a la frontalera aparecieron otros objetos relacionados con el ajuar personal de un guerrero vettón con claras influencias itálicas: un bocado de hierro y bronce, un cuchillo afalcatado y restos de su vaina, dos estrígilos o espátulas para cuidado personal y los restos del difunto dentro de una urna cerámica.


La pieza fue encontrada en las excavaciones arqueológicas que se han llevado a cabo en el yacimiento conocido como necrópolis de El Romazal I, que junto con las necrópolis de El Romazal II y El Mercadillo pertenecen al poblado de Villasviejas del Tamuja (Botija) y conforman en su conjunto un claro ejemplo de los poblados fortificados conocidos como castros y que serán la forma de hábitat de los vettones durante la época prerromana en la provincia de Cáceres. Los castros se caracterizan por su ubicación en lugares estratégicos, sobre cerros escarpados de difícil acceso y defendidos por murallas que los convertían en fortalezas inexpugnables.


Estos objetos y el resto de los elementos encontrados durante las excavaciones tanto en el poblado como en las necrópolis nos muestran los cambios que se producen en el mundo vettón con la llegada de los romanos, iniciando un proceso hacia la romanización que culminará con el abandono de los castros y con la creación de colonias romanas en lugares próximos que reorganizarán todo el territorio de la Lusitania.